IX.-

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El gorrión anciano y lo que queda de su esperanza de vida, no llega a ver lo larga que fue. Conoce que se siente mas pesado que tiempo atrás, que los paseos son mas cortos, que no consigue tan rapidamente su alimento y que los baños de tierra son hoy su peligroso refugio pero su mas habitual pasatiempo. Perdiendo vuelo, dando saltos y unos pocos aleteos corre a tomar agua de algún charco después de la última tormenta, aquella tras la cual perdió a varios de los suyos y que su sabiduría engañó llevándolo a permanecer en un tronco hueco que apenas se contoneaba a pesar de la violencia del viento. En otros tiempos se permitió salir a desafiarlo, golpearse, no por diversión sino porque era ligero y hábil de buscar un lugar seguro, talvez el rígido reparo de un techo de tejas como aquel donde anidó junto a su extinta amada a los ya nisabecuantos pichones que tienen hoy su primavera. Y lo recordaba frente al charco, deteriorado, golpeado. No fue un recuerdo vívido, sino la memoria instintiva grabada en un gorrión anciano, cuyo cansancio llevó a beber agua, a hacer lo que tenga a su alcance para evitar algun sobresalto que lo haga despedirse de su vida. Esa madrugada aún el sol no salía, pero cantó por si acaso.

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VIII.-

Noche de variedades en el galpón ferroviario. El siglo pasó por a través dejando durmientes podridos apilados, la tierra de los ladrillos de veinte gastados y el techo terminando de desprenderse, iluminado por algunos focos que dan esa tonalidad anaranjada a la celebración, similar a la que produce la hoguera en una noche de leyendas en alguna caverna.
Las últimas noches frías en septiembre atrajeron una pequeña multitud, algunos bancos y sillas, vasos, manjares baratos. El cáliz no faltaría, esta vez encarnado en una señora gorda cuya temperatura propiciaba rodear a la muchachada a ritmos cada vez mas acelerados.
El asunto se prestaba a arrancar cuando desde esa niebla que anuncia los fines del invierno, cruzando los rieles oxidados, la silueta sencilla de una compleja mujer se arrimaba y dejaba pasmado al chico que cortaba las entradas. Llevaba la pastaflora que horas antes casi se le quema. Pero pasó, como si nada pasara.
La fiesta iniciaba y afuera solo el vino calentaba la garganta y el corazón. Para cuando el acto central se preparaba a salir, el coraje etílico jugaba en varios escenarios, tal vez pensando una forma de abordar, de lograr el beso en el momento oportuno.
Sobre los mismos durmientes yacía parado un joven, que desde allí arriba observaba la sonrisa de la dama que disfrutaba del espectáculo. Se reía como reía el publico, pero su cara resaltaba por la luz anaranjada, a pesar de los faroles con negros focos, que ensombraban y asombraban al joven durmiente, desgastado, olvidado, en descomposición por el siglo, recostado en el galpón incendiado.

VII.-

Mañana. Y si nunca me hubiera bajado del arbol? Si no me ensuciaba las manos te abrazaba, volver a caminar con vos un rato más, conseguir el beso, la despedida. Sorpresas y certeza, la aparición de un disfraz discreto que esconda mi vergüenza.

Mediodia. Y las lluvias posando en las cejas, los ojos transparentes, forzandonos a no caminar más y buscando otro refugio atemporal en donde poder mirar tu desconcierto, los ojos negros acorralados encerrados. Más aun todo se aclaró y no esperaba que vengas con esa felicidad, el festejo es la mirada, mirarnos y engañarnos al enroscar tu pelo en cada uno de nuestros dedos es festejar, tejiendo el tacto, y prometiendo una mirada próxima lejos del pasillo y de los papeles que no supe quemar para encontrarte de nuevo.

Tarde. Me separé de mi destino, y me perdí por un rato, como el pibe que desorientado camina entre la muchedumbre, la única alternativa fue parar y llorar, gritar por volver a la senda.

Noche. Me esperas al salir. Nuestro lugar suele ser la plaza, el boulevar, la luz naranja, el umbral, el pasaje luminoso, el cantero, la hoguera que en silencio cruzamos en alma. Las pequeñas vidas que juguetean entre las voces en aquel lugar lejano, amarrado. Un instante de cada fotografía, una canción que proyecta la voz a la eternidad, y las letras intercambiadas por tanto tiempo. La blanca luz nos acerca en el viaje… Cómo ver adelante, cómo un chico encuentra a los suyos desorientado cuando tanta gente ya pasó por encima suyo? Cómo el destello perdido en el vacío llega a ser visto, siendo pasado? Miento si digo que todo lo haría por verte de nuevo. Hice poco y nada.

VI.-

Situaciones que nunca pasaron, sueños nunca soñados y que pasan por entre mis oídos. Esclarecer, revisar lo dicho alguna vez, lo que a uno hace un ser no será nunca su propiedad.
Como cada viejo día anochece, cada noche resplandece, la claridad confunde y de ahí en más la cuestión, las preguntas dejan de hacer daño.
Plataformas donde apoyarse, escenarios donde descansar la mente enferma y sanada. Reconocer la mirada a la distancia, mucho mas lejos de donde las palabras suenan. El frío que estalla en el espacio pisado, viste y enciende los cristales que destellan la luz incendiaria, se vuelve llama ardiente que condensa y nos ahoga en agua salada. De los ojos que llueven, de la piel que se inunda, de los mares profundos que son su producto.
Caída y caída inmediata. Entierro de paredes derrumbadas, pero las piernas adormecidas, tan lejos del lugar que anhelaban. Solo dejan el paseo en una realidad que se hizo sueño, tu mirada que se pierde, y a vos perdida de mi vista. Es tonto el animal que se extravía en un espejismo que desaparece tan rápido. Escúchame cantar, mi corazón se va por el dolor.
Mientras sacudías el paraguas, no conociste mi figura, guardé mis cosas y entré a buscarte. Te protegí de la lluvia que en verdad disfrutamos en la cara, y conocí tu sonrisa. Cerraste la puerta con la palabra de que pronto nos veríamos otra vez.

V.-

 

 

WP_20150605_001Cientos de conexiones eléctricas, de impulsos nerviosos, reacciones químicas. Fisiología, procesos nanoscópicos, que se combinan y mezclan en el torrente, en la simbiosis, mitosis, la trombosis y los intercambios gaseosos. La víctima orgánica se piensa a sí mismo en un estado de reposo, se piensa, piensa en sí. Descansar por fin, relajarse, y entregarse después de noches largas, al sueño. Pero el aparato cabezal, su relleno cerebral, los nervios y el tejido neuronal, los transmisores, la mollera, las capas y capas cépicas que envuelven el sueño, ni suplicando se contiene. Los reflejos se entremezclan, nada que no se haya dicho. El artista habló, escribió ya, cantó, construyó y pintó a la humanidad cagándose encima. Pero no cambia que la victima orgánica sueña, recuerda, relaciona, y un estímulo irrumpe las imágenes electro-somníferas que nunca vuelven a ser o realizarse. Cabeza, putas neuronas ríen y conspiran, espían los relojes y concuerdan en dejar plasmado en los tubos retinales el instante. El engaño consiste en la confusión del organismo quimérico. Puede que funcione como un mero recordatorio, así como el despertador, la subconsciencia rememora la necesidad de despertar, en lugar de ser un estrepitoso estrépito -ruido, brisa, estruendos, luz, la sacudida inevitable, el llamado, la emoción- toma forma de imagen ideal que inspira movimiento, nuevas ideas, representaciones, reacciones renovadas, escribir a mano otra vez.

Tres microsegundos de una escena que será perpetua, solo tres y alcanza para pelotudear al pelotudo que mira, acaricia, dice, escucha, besa, mira y despierta.
El vigésimo día del décimo mes, toda espora flotante cae, toda energía cesa, todo sueño despierta, no hay luna, abandono, encierro, luto, desamor y el recuerdo.

IV.-

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La noticia llegó de un día para el otro, mi viejo se moriría un 7 de mayo, sin embargo esa fecha no fue fijada en ningún momento. Esa noche seguía en nuestra casa y su última hija no habría nacido. Sentí que tenía que enfrentar su muerte con naturalidad y apoyando a los demás, pero las novedades llegaban de a poco. Mi viejo se muere. No preguntaba por detalles porque siempre fue así, mas aun en los momentos jodidos.
Entonces me encontraba escuchando atentamente una dolorosa conversación en la oscuridad de un comedor, a la luz de solo una lámpara que colgaba un poco más arriba de mi cabeza. Jamás pregunté nada y nadie decía nada, mi viejo. No había enfermedad al parecer, a la siguiente mañana estábamos en el hospital, pasamos la noche esperando novedades. Su madre estaba conmigo, pero sus hermanas no habrían sido avisadas. En el pasillo, lavé mis dientes, sin pensar en las enfermedades infecciosas que rondan por esos lugares, lo que tampoco me conmovió cuando mi hermano y mi abuela me advirtieron. Me pidieron que sea respetuoso. Seguía sin saber absolutamente nada, no lo había visto desde hacía algún tiempo, y seguía sin verlo.
La sala de espera daba a un extenso estacionamiento, y mientras mi hermano buscaba agua caliente, me asombraba un poco la fortaleza que estaba demostrando, miraba a través del vidrio y me permití un momento para descargar un llanto, con el vidrio y la máquina como únicos testigos. Mi viejo moriría. Al parecer los ejercicios de reanimación tuvieron éxito, pero la cosa se puso difícil cuando vi su ropa en el suelo. Había zafado y buscaba salir del hospital apurado, a medio vestir y descalzo, con ganas de escaparse de ahí, despreocupado de tener los pies llenos de barro y sin ningún pronóstico que cambie la suerte. No hizo caso cuando le pedí que se ponga los borcegos, nada más íbamos caminando a algún otro lugar, sin preguntas, solo respetando nuestros silencios, especialmente el suyo. Se puso molesto cuando un perro se le enredó entre las piernas como pidiendo que no se vaya, levantó una piedra y trató de alejarlo.
En un intento de reír un poco, vi una extraña casa -Esa es la casa que le gusta al viejo, es una cagada.- Pasábamos y la observaba, decía que él la había pensado así. Parecía una escalera de emergencias vidriada, cada descanso era una habitación decorada con un papel tapiz blanco y verde. Mi hermana venía con nosotros haciendo mates, yo miraba atrás y me daba cuenta de que la tristeza no dejaba que ella y el negro Matías caminaran más rápido, por lo que les hago un gesto para que se apuren. Mientras, sentí como la angustia me llegaba como un golpe de frío en la cabeza, soy yo el que queda atrás ahora, mi viejo, es joven y camina más rápido que yo.

III.-

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Y en eso me encontraba a tratando de sacar aceite de algunas aceitunas que no había comido, pero las apretaba con las manos, sin ninguna técnica y lo que caía sobre esa especie de embudo de papel, se perdía cuando antes de entrar al frasco chorreaba cayendo a la mesa, a mi ropa. Terminé cansándome y tirando todo al piso, traté de esconder mi torpeza y los que me estaban mirando en la mesa todavía no entendían qué fue lo que había querido hacer. Me senté y tiré todo el peso de mi cuerpo sobre el respaldo de la silla, seguía la sobremesa. Todavía un poco pensativo, levanté la mirada y vi a dos chicas que se pararon para bailar, flotando, al ritmo de una música suave que no supe de donde venía. Quisieron invitarme a hacer lo mismo, pero el peso de la comida me aplastaba contra el asiento, apenas alcanzaba a abrir los brazos y moverlos. Mientras una de las sirenas bailarinas se acercaba, mis brazos se cerraron solos, la rodearon y se colgaron de su cintura, mi cara se estampó contra su ombligo, apenas visible detrás de la camisa a cuadros anaranjados y amarillos, tocando la piel atrás de su último botón desabrochado. Fue inevitable pararme y volverla a abrazar. La otra chica que festejaba y seguía bailando se acercó y nos junto en un solo beso. Labios húmedos que toqué con los míos y suspiraron, eterna diferencia con todo lo que había imaginado, instante luminoso del cual me alejaron.